Ambos se encontraban en la parte de atrás de la casa de la abuela de ella. Ella apenas tendría 9 años. Él habría cumplido ya los 12, un chico de la capital que venía a pasar los veranos en la playa y que por aquellos días comenzaba a descubrir el placer y la emoción de los primeros juegos prohibidos.
“Dame un beso como en las películas” le pidió él una tarde. Ella se encontraba indecisa y así se lo dijo, su madre le había dicho que en las películas para besarse interponían un plástico transparente.
Acordaron encontrarse al día siguiente, en el mismo sitio, para experimentar esas nuevas sensaciones desconocidas hasta ese momento, al menos para ella.
Por fin llegó la hora y se volvieron a encontrar. Él traía consigo un trozo de film transparente y fino, tal y como ella decía. El momento se acercaba y el nerviosismo se apoderaba de ambos. Cuando todo estaba a punto para ese primer beso, cuando sus labios iban a rozarse, algo interrumpió el mágico momento, la madre de ella empezó a llamarla y se tuvieron que despedir.
El encuentro no se volvió a repetir, el verano tocaba a su fin y cada uno siguió su camino.
Ahora, pasados los años, ella mira hacia atrás y ante la ingenuidad de esa niña sonríe por ese primer beso que nunca se concluyó.
